COMIENZOS PROMETEDORES (XXII)

 


26. Eugénie Grandet, Honoré de Balzac

En ciertas ciudades de provincias, existen casas cuyo aspecto inspira la misma melancolía que provocan los claustros más sombríos, los páramos más monótonos o las ruinas más tristes. Quizás sea porque en estas casas haya algo de silencio de los claustros, de la aridez de los páramos, de la osamenta de las ruinas; la vida y el movimiento tan sosegados en ellas, que un extraño las creería deshabitadas a no ser porque, de repente, se encuentra con la mirada pálida y fría de una persona inmóvil cuyo rostro casi ascético aparece sobre el antepecho de la ventana, al rumor de unos pasos desconocidos. (trad. Luis Romero)

27. A sangre fría, Truman Capote

El pueblo Holcomb está situado en las altas planicies trigueras del oeste de Kansas, un territorio solitario que los demás habitantes de Kansas llaman «allá». A unos cien kilómetros de la frontera de Colorado, el campo, con sus duros cielos azules y su aire diáfano de desierto, tiene una atmósfera más propia del Lejano que del Medio Oeste. El acento local tiene un deje de pradera, una gangosidad de peón de rancho, y los hombres —muchos de ellos— llevan pantalones ajustados de la frontera, sombreros Stetson y botas puntiagudas y de tacones altos. La tierra es llana, y las vistas son enormemente extensas: los caballos, los rebaños de ganado, el racimo blanco de elevadores de grano que se alzan con la gracia de templos griegos se hacen visibles al viajero mucho antes de llegar a ellos. (trad. Jesús Zulaika).

28. La leyenda del santo bebebor, Joseph Roth

Fue en la primavera del año 1934, caía la tarde, un señor de cierta edad descendía por los escalones de piedra de uno de los puentes del Sena hasta la orilla del río. Como casi todo el mundo sabe, aunque tampoco viene mal que aprovechemos la ocasión para recordarlo, es allí donde suelen dormir o, mejor dicho, acampar las personas sin hogar de París. Una de estas personas acertó a cruzarse con aquel señor, que, por lo demás, vestía bien y daba la impresión de ser un viajero sin otro propósito que descubrir los lugares de interés de las ciudades que visitaba. El hombre sin hogar ofrecía un aspecto tan desastrado y lastimoso como el de cualquiera que, como él, viva en la calle; sin embargo, al señor bien vestido y entrado en años le llamó particularmente la atención; por qué, no lo sabemos.
(trad. Roberto Bravo de la Varga).

29. El siglo de las luces, Alejo Carpentier

Las palabras no caen en el vacío.
-Zohar-

Esta noche he visto alzarse la máquina nuevamente. Era, en la proa, como una puerta abierta sobre el vasto cielo que ya nos traía olores de tierra por sobre un Océano tan sosegado, tan dueño de su ritmo, que la nave, levemente llevada, parecía adormecerse en su rumbo, suspendida entre un ayer y un mañana que se trasladaran con nosotros. Tiempo detenido entre la Estrella Polar, la Osa Mayor y la Cruz del Sur -ignoro, pues no es mi oficio saberlo, si tales eran las constelaciones, tan numerosas que sus vértices, sus luces de posición sideral, se confundían, se trastocaban, barajando sus alegorías, en la claridad de un plenilunio, empalidecido por la blancura del Camino de Santiago... 

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