COMIENZOS PROMETEDORES (XX)


24. El Gatopardo, Giuseppe Tomasi di Lampedusa

«Nunc et in hora mortis nostrae. Amén».

El rezo cotidiano del rosario había concluido. Durante media hora la sobria voz del príncipe había evocado los misterios dolorosos; durante media hora otra voces, entremezcladas, habían tejido un rumor ondulante en el que ciertas palabras poco habituales: amor, virginidad, muerte, brillaban como flores doradas; y mientras persistió ese rumor el aspecto de salón rococó parecía haber cambiado; hasta los papagayos, que desplegaban sus irisadas alas sobre la seda del entapizado, daban la impresión de sentirse intimidados; incluso Magdalena, entre las dos ventanas, había parecido una penitente, y no la hermosa rubia, distraída en Dios sabe qué sueños, como siempre se la veía. 




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